PALABRO NAVIDEÑO

Por Dolores Aleixandre

No, no es un error de tipografía. He escrito “palabro” para llamar un poco la atención sobre algo que aparece en la escena del anuncio a los pastores,  un texto central de la Navidad. Es un término griego, eudokía, que dice algo muy importante de Dios, pero como ha tenido malísima suerte en la traducción, se nos ha perdido por el camino y es una lástima. Tengan paciencia y se lo cuento. El palabro viene de un verbo que significa “parecer”, “considerar” y como tiene delante la partícula eu (bien, bueno…), habría que traducirlo como “buen parecer”, o “complacencia”. Así que lo que los pastores escucharon de los ángeles fue esta declaración: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres “de la eudokía”. O sea, algo así como esto: que estén tranquilos y confiados todos los seres humanos porque “le parecen bien” a Dios, le “caen en gracia” y se complace en ellos. Que “se derrite” cuando los mira, vaya. Este es el notición de la Navidad, el motivo por el que nos felicitamos unos a otros, nos hacemos regalos,  cantamos villancicos o nos ponemos ciegos de langostinos.

Hasta aquí, todo perfecto y los que lo leían al principio, entendían estupendamente que la eudokía era cosa de Dios porque es algo que Él tiene dentro y por eso no puede evitar que le caigamos en gracia, independientemente de que seamos buenos, malos o regulares. Responder al notición y tratar de ser buena gente (tener “buena voluntad”) viene después: de entrada, lo que importa es alegrarnos, asombrarnos y llenarnos de agradecimiento al sabernos queridos tan gratuitamente.

Pero llegó San Jerónimo y tradujo el evangelio al latín: Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis”,  y al pasar del latín al castellano, dejó de quedar claro que lo de la “buena voluntad” era cosa  de Dios y pasó a significar otra cosa: que la paz de Dios está destinada a los hombres y mujeres que tienen “buena voluntad”, mientras que a los de “mala voluntad” y sinvergüenzas varios, palo y tentetieso. Eso ya no tenía ya casi nada que ver con el anuncio de aquella Noche, pero ahora encajaba mejor en nuestra mentalidad raquítica y plana, propicia a imaginar a un Dios parecido a  nosotros: le cae bien la gente de “buena voluntad” y los otros, que se arrepientan y se porten bien y entonces les querrá también a ellos.

El remate llegó con la traducción del Gloria de la misa: “En la tierra, paz a los hombres que ama el Señor”. Es mal castellano y tendría que haber dicho: “Paz a los hombres a los que Dios ama” y como tal como está suena raro, casi todo el mundo dice (fíjense en la próxima misa a la que vayan): “Paz a los hombres que aman al Señor”. Y lo decimos no sólo porque suena mejor, sino porque coincide más con aquello que en el fondo seguimos pensando y creyendo.

Finalizados los lamentos, paso a las propuestas: agarrarnos esta Navidad a la eudokía de Dios, exponernos a la luz y el calor que emanan de ella. Refugiarnos bajo sus alas y sentirnos, junto con la humanidad entera, abrigados a su sombra. Flotar ahí como un  niño feliz en el líquido amniótico del vientre de su madre. Recobrar la respiración larga y tranquila de quienes no tienen miedo y se saben a salvo.  Y, aunque nos resulte difícil y casi incomprensible, creernos que el que Dios nos quiera no tiene que ver con nuestros esfuerzos, trabajos, virtudes, conductas solidarias o valerosos compromisos. Todo eso, o nace de eso que Jon Sobrino llama la “urgencia agradecida”, o se convierte en aquel recuento de méritos con los que el fariseo de la parábola se presentaba ante Dios.

Así que queridos Eudokios y Eudokias: a disfrutar de la Navidad, a comer turrón y a brindar con cava por la noticia y a dejar que de esa alegría nos nazca luego la “buena voluntad” y la gana de ser más majos. A la lotería no hace falta que juguemos: ya nos ha tocado el “Gordo”.