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13 de marzo, 2005. Quinto domingo de Cuaresma |
Quinto domingo de CuaresmaProfeta Ezequiel (Ez 37,12-14)Por eso profetiza y diles: Esto dice el Señor Dios: Mirad, yo abriré vuestras tumbas, os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y sabréis que yo soy el Señor, cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestros sepulcros, pueblo mío. Infundiré en vosotros mi espíritu y reviviréis; os estableceré en vuestro suelo y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago», dice el Señor. Carta de San Pablo a los Romanos (Rom 8,8-11)Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios; pero vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pues si alguno no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Y si Cristo está en vosotros, el cuerpo ciertamente está muerto por el pecado, pero el espíritu está vivo por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por obra de su Espíritu, que habita en vosotros. Evangelio según San Juan (Jn 11,1-45)Había un enfermo, Lázaro, de Betania, el pueblecito de María y de su hermana Marta. María era la que ungió con perfume al Señor y le enjugó los pies con sus cabellos; su hermano estaba enfermo. Las hermanas mandaron a decir al Señor: «Tu amigo está enfermo». Jesús, al enterarse, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para que resplandezca la gloria de Dios y la gloria del hijo de Dios». Jesús era muy amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. Y aunque supo que estaba enfermo, se entretuvo aún dos días donde estaba. Sólo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco querían apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?». Jesús contestó: «¿No tiene doce horas el día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque le falta la luz». Dijo esto, y añadió: «Lázaro, nuestro amigo, duerme; pero voy a despertarlo». Los discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se recuperará». Pero Jesús hablaba de su muerte, y ellos creyeron que hablaba del reposo del sueño. Entonces Jesús les dijo claramente: «Lázaro ha muerto; y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Vamos a verlo». Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a sus compañeros: «Vamos también nosotros a morir con él». A su llegada, Jesús se encontró con que hacía cuatro días que Lázaro estaba muerto. Betania distaba de Jerusalén unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a casa de Marta y María para consolarlas. Así que oyó Marta que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras que María se quedó en casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero yo sé que Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará cuando la resurrección, el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Le contestó: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el mesías, el hijo de Dios que tenía que venir al mundo». Dicho esto, fue a llamar a María, su hermana, y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, así que lo oyó, se levantó rápidamente y salió al encuentro de Jesús. Jesús aún no había entrado en el pueblo; estaba todavía en el sitio donde lo había encontrado Marta. Los judíos que estaban en casa de María y la consolaban, al verla levantarse y salir tan aprisa, la siguieron, creyendo que iba al sepulcro a llorar. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies, diciendo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció y, profundamente emocionado, dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?». Le contestaron: «Ven a verlo, Señor». Jesús se echó a llorar, por lo que los judíos decían: «Mirad cuánto lo quería». Pero algunos dijeron: «Éste, que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que Lázaro muriese?». Jesús se estremeció profundamente otra vez al llegar al sepulcro, que era una cueva con una gran piedra puesta en la entrada. Jesús dijo: «Quitad la piedra». Marta, la hermana del difunto, le dijo: «Señor, ya huele, pues lleva cuatro días». Jesús le respondió: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo bien sabía que siempre me escuchas; pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó muy fuerte: «¡Lázaro, sal fuera!». Y el muerto salió atado de pies y manos con vendas, y envuelta la cara en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Muchos de los judíos que habían venido a casa de María y vieron lo que hizo creyeron en él. “Yo soy la Resurrección y la Vida” El relato de la resurrección de Lázaro es un “castigo” para los intérpretes del evangelio y para nuestra fe cuando afrontamos el tema de la muerte. Y lo peor es que parece que el autor del relato intentó desconcertar a los primeros lectores y a quienes recurrimos a este evangelio como parte de la liturgia de difuntos. Se entiende que “quien cree en el Resucitado, aunque haya muerto vivirá” (Juan 11,27). Pero ¿quién explica, ante el desconsuelo de los familiares, la promesa de que “quien está vivo y cree en Jesús no morirá para siempre”? Los intérpretes de este relato reconocen que posiblemente existió de fondo un hecho ligado a la vida de Jesús, pero que ha sido tan elaborado por el redactor del evangelio que resulta imposible distinguir las diversas fases de la redacción. ¿Tiene algo que ver este relato con la parábola del pobre Lázaro, el único personaje de una parábola al que se le concede un nombre propio? ¿Por qué la referencia anticipada a la unción de Betania, que el evangelio de Juan atribuye a María (Juan 12,1-11), mientras que Marcos y Mateo la atribuyen a “una mujer” innominada y Lucas a “una mujer pecadora”? ¿Por qué Marcos y Mateo escriben que la casa de acogida en Betania era la de “Simón el leproso” y Lucas se limita a decir que era “la casa de un Fariseo”? Sin salir del mismo relato, ¿no es abusar de la paradoja el presentar la enfermedad y la muerte como una oportunidad para la “gloria de Dios”? La paradoja se mantiene hasta el momento en que la gloria de Dios se manifieste en la imagen de Lázaro saliendo de la tumba con el sudario sobre el rostro y los miembros vendados. ¿Qué gloria puede revelarse en una escena que difícilmente imaginamos sin caer en el ridículo? ¿Qué salida gloriosa puede ser ésa en la que el difunto aparece con su mortaja? ¿Por qué la gloria ha de ser presentada sobre el hedor de la muerte? ¿No es abusar del recurso a la ironía el referirse a la muerte como si fuera sólo un sueño pasajero del que el difunto despertará como tras una breve siesta? ¿Por qué Jesús se conmueve hasta las lágrimas, cuando está a punto de realizar la “gloriosa” resurrección del amigo? Estas preguntas no las pone solamente la crítica literaria. Son preguntas que surgen de un texto que ha sido amplificado extraordinariamente con la inclusión de breves diálogos entre los actores. Normalmente la primera parte de un relato milagroso se ciñe a la presentación escueta del caso. Aquí asistimos a una especie de representación teatral en diversas escenarios, con entradas y salidas de los personajes. Las preguntas que nos hacemos son las de los espectadores que siguen la acción. De esta forma se busca que no anticipemos el final, que respetemos las preguntas de quienes están personalmente afectados por la muerte de algún amigo o familiar querido. La intención del relato es presentar la gloria de Dios a partir de la descripción de la enfermedad y la muerte en la vida del creyente. La paradoja y la ironía reflejan el deseo de hacer más compatible la proclamación de fe, la gloria, con la dureza de la muerte, que ha de ser enfocada desde un criterio distinto del habitual. Técnicamente se habla de una argumentación disociativa o por disociación. Esta argumentación surge del deseo de eliminar la incompatibilidad de una proposición con las otras del texto, de un concepto con el resto de una frase, de un acontecimiento con los hechos concomitantes. La narración disociativa pretende ofrecer otra perspectiva, otra forma de mirar y enjuiciar la realidad. En la escena final los ojos de los presentes miran hacia abajo, hacia la losa que cierra la tumba. Los ojos de Jesús miran simultáneamente hacia abajo y hacia arriba. Y este movimiento de los ojos de Jesús hacia arriba busca que también los ojos del lector miren hacia lo alto. Este cambio de perspectiva nos invita a descubrir por medio de la fe vida donde en una mirada hacia abajo se ve solamente muerte. De esta forma se puede suscitar esperanza donde la mayoría se resigna a la desesperación; se puede evocar shalom, paz y serenidad, donde otros solamente descubren fragmentación y desesperanza. La resurrección de Lázaro tiene lugar antes de la Resurrección de Jesús. En el caso de Lázaro el poder de Jesús triunfa sobre la muerte. En la Resurrección de Jesús la victoria de la Vida se realizará a través de la muerte. La incredulidad con la que se enfrenta este relato no es sólo la de los no creyentes, sino la misma resistencia a la fe plena que puede encontrarse con facilidad entre creyentes, en medio del pueblo de Dios. La fe a la que se refiere este relato es la definida como “esperanza de las cosas futuras y convicción de las cosas que no se han visto” (Hebreos 11,1). Esta fe, igual que el amor, no son realidades estáticas, sino que tienen que ser renovadas continuamente. Todos los que participan en el relato de Lázaro creen en Dios, pero algunos no dan un paso adelante en su fe, ni siquiera cuando ven algunos hechos que otros con razón consideran demostrativos. En el relato se pone al descubierto la incredulidad latente que puede subsistir en muchos creyentes. Que el relato, igual que en general el evangelio de Juan, “castigue” al lector, esto es, juegue con él constantemente a la técnica del malentendido, se debe al deseo de sacudir las certezas adquiridas a fin de hacer que la fe brote del interior de la persona como una corriente de agua viva. El evangelio de Juan encuadra los milagros dentro del género de “signos”, no tanto como hechos prodigiosos que causan pasmo y admiración, sino como una invitación a superar el nivel puramente corporal o físico para descubrir una dimensión más profunda en el ver, en el caminar, en vivir. Igual que la primera lectura, tomada de la grandiosa visión del cementerio al sol, según la costumbre zoroastriana, a través de la recomposición en tropel de cadáveres diseminados, alienta a emprender la restauración de un pueblo disperso en el exilio, reconstruyendo las estructuras de la nación. |
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