5 de marzo. Primer domingo de Cuaresma
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PRIMERA LECTURA.
Lectura del libro del Génesis 9, 8-15.
Dios dijo a Noé y a sus hijos: «Yo hago un pacto con vosotros
y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron:
aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven
en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá
a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.»
Y Dios añadió: «Ésta es la señal del
pacto que hago con vosotros y con todo el que vive con vosotros, para
todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal
de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá
en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos
los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»
SALMO RESPONSORIAL. Salmo 24.
Antífona: Tus sendas, Señor, son misericordia
y lealtad.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en
tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque
tú eres mi Dios y Salvador.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas.
Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los
pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su
camino a los humildes.
SEGUNDA LECTURA.
Lectura de la primera carta del apóstol San Pedro
3, 18-22
Queridos hermanos:
Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente
por los culpables, para conducirnos a Dios.
Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu,
fue devuelto a la vida.
Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus
encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia
de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía
el arca, en la que unos pocos –ocho personas se salvaron cruzando
las aguas.
Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva:
que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de
Dios una conciencia pura, por la resurrección de Cristo Jesús,
Señor nuestro, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles,
autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.
EVANGELIO.
Lectura del santo Evangelio según San Marcos
1, 12-15
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto.
Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose
tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles
le servían.
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a
proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el
plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en
el Evangelio.»
“EL ESPÍRITU EMPUJÓ A JESÚS AL DESIERTO”
La expresión es tan fuerte que alguien podría entenderla
en el sentido de que Jesús fue incapaz de resistir “el empujón”
del Espíritu. En tal caso Jesús estaría dominado
o invadido por una fuerza irresistible, una forma de posesión.
Quizá sea una de esas expresiones fuertes, algo espontáneas
o impensadas, que caracterizan el estilo narrativo de Marcos. Los otros
dos evangelistas sinópticos, Mateo y Lucas, no describen la marcha
al desierto en términos semejantes.
Pero, a cambio, no se limitan a la noticia escueta de estancia en el
desierto “dejándose tentar por Satanás”. Mateo
y Lucas han adornado el relato de la tentación contando con sus
pormenores las tres tentaciones e incluso el diálogo con el Tentador
en forma de una discusión rabínica sobre el sentido de algunos
textos del Deuteronomio y de los Salmos. Dejándose llevar por una
imaginación infantil, le han quitado seriedad a la experiencia
del desierto. Como hacen los niños con sus preguntas fantásticas,
quisieron describir hasta dónde podía haber llegado la omnipotencia
de Jesús aliada con el poder ilimitado del diablo. Es una pelea
del “a-quién-puede más”.
Pero ni Jesús venía a hacer espectáculos de magia
omnipotente ni el diablo posee fuerza alguna de la que pueda presumir.
Es probable que esa amplificación fantasmagórica también
Marcos la conociera, pero curiosamente la omitió. Como omitió
también el dato del ayuno. La estancia de Jesús en el desierto
por “cuarenta días” tuvo su lado tenebroso (Satanás
y las alimañas o alimañas sólo, contando a Satanás
como la mayor de ellas), pero también su gloria y su luz, pues
“los ángeles le servían”.
Ojalá el paso de las tentaciones de Jesús hubiera quedado
en los términos escuetos del evangelio de Marcos. “Empujado
por el Espíritu”, Jesús se retira al desierto para
no dejarse influir por las presiones que ya en su tiempo falseaban tanto
el mensaje como la actuación de los mediadores religiosos. En el
desierto, esto es, lejos de lo que se llevaba como normal en el Templo
y en los círculos del poder religioso, Jesús pudo trazar
su plano únicamente dejándose guiar por el Espíritu.
Si alguna voz lográramos ese momento privilegiado en el que,
con toda la libertad humanamente posible, pudiéramos tomar nuestras
decisiones sin dejarnos influir por nadie, sin querer complacer a nadie,
sin temor de defraudar a quienes nos quieren en una dirección y
llevarían a mal que cambiáramos hacia otra parte...
En el desierto pudo Jesús vivir su iluminación particular
sobre la meta y los medios para anunciar el Reinado de Dios. Dios a secas,
sólo Dios. Y, si Dios ocupa el centro, sin medias tintas ni compromisos
humanos, el Mensajero, Jesús, triunfa y la causa de Dios se impone
sobre lo meramente humano. El evangelio de san Marcos es hoy querido de
manera especial por quienes propugnan un cristianismo más radical,
más conforme con los orígenes. Es un evangelio rompedor.
Quiere acabar con las disculpas de que “es lo que siempre se ha
hecho”, “lo que todos hacen”, del “también
los discípulos de Juan y los fariseos ayunan”.
La conversión que pide Jesús como primer tema de la predicación
del Reino debería empezar por dar la vuelta a nuestro modo de vivir
ya habitualmente nuestra fe. Casi todos la vivimos en un contexto que
favorece las posturas acomodaticias. Nos habituamos a largas componendas,
a la generosa tolerancia con lo que sabemos no cuadra muy bien. Nos protegemos
con la excusa de que somos así y al cabo de tanto tiempo no hay
cambio posible. Pero el evangelio quiere sacudir esa modorra, denunciando
que para nada nos sirve “retomar” las viejas prácticas
con nuevo estilo. No es posible un cristianismo remendón ni se
debe encapsular lo nuevo en moldes viejos. Hay que crear moldes nuevos,
odres nuevos. No se trata de prácticas, sino de nosotros mismos.
Basta con reflexionar sobre la facilidad con que pedimos el cambio de
los demás. Su manera de entender y vivir la fe cristiana nos parece
hipócrita o superficial. Retirarse al desierto significa enfrentarse
a solas con nosotros y naturalmente comenzar por la revisión crítica
de nuestro modo de ser.
En una sociedad en la que sufrimos tantas fuerzas que nos acosan, dejarse
empujar por el Espíritu no significa ir a desembocar directamente
en Dios, Dios solo. La meta pueda resultar engañosa, ya que, dicho
así, es inaccesible. El camino exige que primeramente salgamos
del círculo de influencia de otras fuerzas que nos empujan: libertinaje,
idolatría, hechicería, odio, discordias, orgías.
Sólo dejando atrás ésas y “cosas semejantes”
podremos acceder al terreno en que cabe encontrar a Dios. Saliendo de
ese ámbito de alimañas que corrompen nuestra vida, podremos
“heredar el Reino de Dios” (Gálatas 5,19-21).
Éste es el camino que Jesús nos llevándonos hacia
el desierto. “Enséñame tus caminos”, rezamos
en el Salmo. El evangelio de hoy nos indica el camino que siguió
Jesús antes de comenzar su actividad pública. El que hoy
nosotros estamos invitados a recorrer también, si nos dejamos “empujar”
por el Espíritu.
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