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5 de noviembre. Domingo XXXI del T.O.
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PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Deuteronomio 6, 2-6.
En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo:
«Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y
preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis;
así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo
por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo
el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche
y miel”. Escucha Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente
uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón,
con toda el alma, con todas tus fuerzas. Las palabras que hoy te digo
quedarán en tu memoria.»
SALMO RESPONSORIAL. Salmo 17.
Antífona: Yo te amo, Señor; tú
eres mi fortaleza.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu Ungido.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28.
Hermanos:
Ha habido multitud de sacerdotes del antiguo Testamento, porque la muerte
les impedía permanecer; como éste, en cambio, permanece
para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa. De ahí que puede
salvar definitivamente a los que por medio de él se acercan a Dios,
porque vive siempre para interceder en su favor.
Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente,
sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo. Él
no necesita ofrecer sacrificios cada día –como los sumos
sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después
por los del pueblo-, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose
a sí mismo.
En efecto, la Ley hace a los hombres sumos sacerdotes llenos de debilidades.
En cambio, las palabras del juramento, posterior a la Ley, consagran al
Hijo, perfecto para siempre.
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según San Marcos
12, 28b-34.
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?»
Respondió Jesús: «El primero es: ‘Escucha,
Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor:
amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser’. El segundo es
éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’.
No hay mandamiento mayor que éstos.»
El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón
cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera del él;
y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con
todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más
que todos los holocaustos y sacrificios.»
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios.»
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
COMENTARIO A LA PALABRA:
LA GLORIA DE DIOS ES EL HOMBRE VIVO
Algunas cosas importantes han pasado desde la lectura evangélica
del domingo pasado, en el que Jesús iniciaba en Jericó la
última etapa de su viaje a Jerusalén y el pasaje que hemos
leído hoy. Culminando su peregrinación, Cristo entró
en la Ciudad Santa, montado en un pollino y aclamado por el pueblo, una
historia cuya narración reserva la liturgia para el Domingo de
Ramos.
Hoy Jesús está en Jerusalén, es el martes de la
última semana de su vida. El día anterior ha expulsado a
los vendedores del Templo, llevando hasta el límite el conflicto
con los dirigentes religiosos de Israel. Apenas le quedan tres días
hasta su muerte, sus enseñanzas, si cabe, se hacen aún más
densas.
Los expertos en la Ley judía, como el que hoy se acerca a Jesús,
tenían un debate abierto sobre cuál era el mandamiento más
importante. Los rabinos de la época habían llegado a contabilizar
hasta 613 mandamientos en la Torá, 248 obligaciones positivas y
365 prohibiciones, así que la cuestión de encontrar “el
mandamiento primero” que dotara de una cierta estructura a esta
maraña de normas y leyes resultaba una cuestión de largo
alcance. Es lo que este escriba le pregunta sin doblez: «¿Qué
mandamiento es el primero de todos?»
Jesús responde citando dos mandamientos del Antiguo Testamento,
sugiriendo de este modo que no hay un mandamiento que pueda responder
a esta pregunta.
Hay personas que han imaginado a Jesús como un revolucionario,
alguien comprometido con la transformación de las condiciones de
vida de los más pobres y no muy interesado en temas espirituales.
Una imagen más tradicional presenta un Jesús casi angelical,
ocupado sólo de las cosas de Dios y embarcado en una misión
exclusivamente religiosa, con un mensaje dirigido a la salvación
de las almas.
Estas dos imágenes –o caricaturas? de Cristo revelan el
abismo ideológico entre aquellos preocupados únicamente
“por las cosas de Dios” y los que viven desde un cierto laicismo
el compromiso para solucionar los problemas de los hombres. Pero en Cristo
no caben tales dicotomías: Él no se expresa con un único
mandamiento.
Durante este fin de semana, Acoger y Compartir celebrará el Encuentro
Comienzo del Curso 2006-07. Unas 80 personas se reunirán en La
Yedra (Jaén, España) para retomar el contacto, orar y reflexionar
juntos y programar las actividades de este curso, como el Curso “Alimentación
y Salud” de la Facultad de Farmacia de Granada, en el que los profesores
y la Universidad ceden todo el monto de las matrículas a los proyectos
destinados a paliar la desnutrición en Níger; o las cenas
de solidaridad en Madrid y Granada, en apoyo a nuestros proyectos en África,
Bangaladesh y Haití; o como el envío de medicamentos y ropa.
Algunas personas que han viajado por Níger, India y Bangladesh
durante el verano y otras que trabajan con inmigrantes en España
nos comunicarán su experiencia.
También será el momento de presentar el tema escogido para
este curso “El Dios vivo”, que nos remite a lo más
básico de nuestra búsqueda: Dios que no cabe en un solo
mandamiento, pues no se conforma nunca con que le amen y le sirvan sólo
a Él.
En el evangelio de hoy, el escriba revela una sintonía sorprendente
con Jesús. No sólo da la razón a Cristo en que lo
primero es amar a Dios y al prójimo, sino que añade por
su cuenta que esto “vale más que todos los holocaustos y
sacrificios”.
En la vida religiosa de los judíos de la época de Jesús,
la “primera” forma de servir a Dios era ofrecerle sacrificios.
Entendámoslo bien, sacrificios en este contexto no son actos de
mortificación, sino rituales de culto a Dios en los que se inmolan
animales sobre un altar. En aquella época, tanto los judíos
como los paganos creían que el modo más excelente de agradar
a Dios o a los dioses era hacerles regalos en forma de sacrificios que
se ofrecían en el templo. El modo más solemne de sacrificar
era el holocausto, en el que se quemaba todo el animal, que de este modo
subía al cielo en forma de humo, como un don de los humanos a la
divinidad.
Jesús confirma al escriba que Dios apenas tiene interés
en recibir honor y regalos de parte de los humanos en forma de actos de
culto. El Padre de Jesús quiere que le amen, y este amor a Dios
es inseparable del amor a los humanos.
Es verdad que es una mutilación del hombre quitarle el sentido
del infinito. En el prefacio de la misa decimos “en verdad, es justo
y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias, Señor
Dios, Padre todopoderoso y eterno”. Además de “justo
y necesario”, adorar a Dios es una fuente de vida para el hombre.
Es más, el ser humano necesita referirse a Dios para comprenderse
a sí mismo:
“El hombre es un ser que siempre ha ido a llamar a la puerta
de los dioses para comprenderse y para buscar un poco de luz que le
revele su misterio, un misterio que no lograba comprender únicamente
compartiendo el destino común. Como si tuviera la oscura sensación
de que necesitaba un Dios que le atestiguara lo que era y una trascendencia
que lo salvara de una reclusión en sí mismo. Lo decía
ya Homero: ‘El hombre ha nacido en las rodillas de los dioses’”
(ADOLPHE GESCHÉ, El Destino, Sígueme, Salamanca 2001,
48).
Es verdad, sólo ante Dios reconocemos nuestra propia estatura
y nuestro destino. Pero el Dios al que amamos y decimos servir nos remite
de nuevo, inmediatamente, a los humanos. El hermano Roger de Taizé
nos lo recordó tantas veces: “Un sí a causa de Cristo
te expone. Te sitúa en la imposibilidad de huir de ti mismo y de
huir de las solidaridades esenciales”.
Nuestro Dios es el Dios vivo que sale a nuestro encuentro en la vida
y nos sorprende con una forma de ser que no coincide con nuestras preconcepciones
y expectativas. Dios que no quiere nada para sí, que no tiene ningún
otro interés que el bien del hombre. Lo decía en una frase
luminosa un pensador cristiano de finales del siglo II, San Ireneo de
Lyon: “la gloria de Dios es el hombre vivo”
Aún medio siglo antes, un cristiano de la época del emperador
Adriano (117-138 d.C.) escribía: “El que toma sobre sí
la carga de su prójimo..., el que suministra a los necesitados
aquello que él mismo recibió de Dios,... ése es el
verdadero imitador de Dios” (Carta a Diogneto X, 6). Los seres humanos
aprendemos por imitación. El autor de esta carta nos sugiere que
adquiramos un conocimiento de Dios no teórico, sino desde la práctica,
por imitación. Sólo así podemos llegar a familiarizarnos
con este Dios asombroso, que quiere que el humano viva y viva en plenitud.
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