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19 de noviembre.
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
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PRIMERA LECTURA
Lectura de la profecía de Daniel 12, 1-3.
Por aquel tiempo se levantará Miguel, el arcángel que se
ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los
ha habido desde que hubo naciones hasta ahora. Entonces se salvará
tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen
en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia
perpetua. Los sabios brillarán como el fulgor del firmamento, y
los que enseñaron a muchos la justicia, como las estrellas, por
toda la eternidad.
SALMO RESPONSORIAL. Salmo 15.
Antífona: Protégeme, Dios mío, que me refugio
en ti.
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está
en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no
vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel
conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás
de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Hebreos 10, 11-14. 18.
Cualquier otro sacerdote ejerce su ministerio, diariamente, ofreciendo
muchas veces los mismos sacrificios, porque de ningún modo pueden
borrar los pecados. Pero Cristo ofreció por los pecados, para siempre
jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de
Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos
como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre
a los que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda
por los pecados.
EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según San Marcos
13, 24-32
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En
aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará
tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán
del cielo, los astros se tambalearán.
Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran
poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus
elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.
Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se
ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está
cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él
está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación
antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras
no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los
ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»
Comentario a la Palabra:
“EL CIELO Y LA TIERRA PASARÁN”
El evangelio de hoy está tomado de la que se denomina “pequeño
apocalipsis”, para diferenciarlo de un discurso similar, pero más
amplio, del evangelio de san Mateo (24-25) y del libro último del
Nuevo Testamento que se titula precisamente Apocalipsis.
Esta literatura apocalíptica parte de referencias a calamidades
contemporáneas para presagiar catástrofes todavía
mayores que tendrán resonancia y alcance cósmico. El evangelio
de este domingo pertenece a esta segunda sección, que comienza
con una descripción apocalíptica del fin del mundo. La imagen
supone una concepción mítica, precientífica, difícilmente
aceptable y ni siquiera comprensible para una mentalidad de hoy. A continuación
se pretende hacer más próximos esos acontecimientos finales
de la historia humana, presentándolos como anunciados por los mismos
ciclos de la naturaleza. Hay una cierta distancia entre estos fenómenos
naturaleza y la venida del Hijo del Hombre, pues ésta tiene un
carácter personal como manifestación a seres personales,
“los elegidos”. El versículo final (v. 32) refuerza
la distancia, al dejar la fecha del cataclismo final en lo desconocido.
Atendiendo a la dificultad de introducir a nuestros fieles en el imaginario
apocalíptico, es preferible buscar una interpretación personalista
que quizá dé razón más justa de la realidad
de fondo. De esta forma no colaboramos con el gozo morboso con que muchos
siguen utilizando esas imágenes. Y hoy ya no son únicamente
los predicadores tremendistas, que gozan con “las postrimerías”.
Son también quienes anuncian el fin de la vida en nuestro planeta,
porque el petróleo se acaba, el aire es ya irrespirable, la tierra
cultivable se acorta sin tregua, los bosques se tornan desiertos.
Como frases enteras están tomadas casi tal cual del Antiguo Testamento,
surge en seguida la cuestión de si este lenguaje fantástico
responde a lo que cabe imaginar en Jesús o bien es una composición
para atribuirle al Maestro el clima en que se movía la predicación
religiosa popular de aquel tiempo. La misma designación de Hijo
del Hombre parece tomada del lenguaje apocalíptico de Daniel (7,13)
y escritos similares apócrifos de la tradición judía
(4 Esdras, Parábolas de Enoc). En el uso cristiano es una autodesignación
de Jesús, típica del evangelio de Marcos, en el cual se
utiliza hasta catorce veces. De ellas, nueve están en un contexto
relacionado con la pasión; dos se encuentran en pasajes relativos
al comienzo de la actividad de Jesús en Galilea; tres, como en
el evangelio de hoy, están en textos apocalípticos. La expresión
Hijo del Hombre indicaría originalmente el bar nasha o también
bar ‘enosh, términos arameos que designaban una figura mítica,
gigante, que toca el cielo con la cabeza y con los pies pisa la tierra,
uniendo así los dos extremos. Esta designación aludía
a la cristología primitiva del evangelio de Marcos, desde donde
pasó a los otros Sinópticos. Cristología primitiva
porque en lenguaje llano la expresión Hijo de Hombre equivale al
hebreo ben adam y significa simplemente “persona”. En labios
de Jesús equivale a la designación con que llanamente se
refería a sí mismo: “yo”. Quizá por eso
mismo la expresión no tuvo éxito en la cristología
posterior y pronto fue sustituída por la de Hijo de Dios. En las
cartas de san Pablo se aprecia bien la distancia respecto de Marcos, el
primitivo, pues el gesto de amor de Dios a la humanidad se describe diciendo
que Dios no perdonó a su propio Hijo. Tal expresión sería
impensable en Marcos.
En este tiempo nuestro de saturación de superteologías,
que con frecuencia en lugar de aclarar, más bien embrollan el contenido
de la fe, esa designación más directa y sencilla de Jesús
tiene sus ventajas. Por eso conviene dejar de lado el presupuesto del
origen apocalíptico de la expresión, que está por
demostrar. Hijo del Hombre sería entonces la expresión preferida
por Jesús para referirse a él mismo. Una expresión
elemental, quizá balbuciente, pero que nos basta, porque indica
que Jesús compartió nuestra misma humanidad, nuestro destino
en un mundo incierto y con frecuencia cruel. En los textos en que se anuncia
la Pasión, indicaría además el ofrecimiento de la
vida por todos los demás miembros de la humanidad, sus hermanas
y hermanos. El signo del Hijo del Hombre sería al fin la misma
humanidad que Cristo comparte con nosotros. Mirando al futuro, sería
también la imagen de la persona recreada, renacida por gracia de
Cristo. Ésa sería también la meta hacia la que hemos
de hacer confluir todos los esfuerzos de hominización y transformación
del mundo.
En este Domingo y en alguno de los que están para llegar en el
Adviento, en los cuales se vuelve a pulsar la tecla apocalíptica,
se diría que el evangelio deja de ser buena noticia. Quien vive
ya con la angustia al cuello preferiría que en la Iglesia no le
recuerden las razones de su congoja. Pero en realidad, para superar el
miedo es preciso que lo saquemos a la superficie y que lo miremos de frente.
Está para salir un libro en el que Paquito Fernández Ochoa
habla con franqueza brutal de su enfrentamiento con la enfermedad y la
muerte. Muchas personas que llegan a esa situación no quieren ni
pensarlo. Y muchas se preguntan: “¿Por qué a mí?”.
En el caso de nuestro admirado campeón de Sapporo, la pregunta
era precisamente al revés: “¿Por qué a mí
no?” Si a tantos afecta ese mal, ¿qué razón
puede tener cualquiera para situarse al margen?
Afrontar esa posibilidad y hacer frente también a todas las amenazas
reales o imaginadas que cuelgan sobre la vida en nuestro planeta, no ha
de encoger nuestro espíritu. Tanto el futuro de nuestra vida como
el futuro del mundo hemos de verlos a partir del misterio de Dios. Todo
ser mortal está por definición llamado a morir. Esta perogrullada
no ha de cerrar nuestro horizonte, pues Dios está por encima de
nuestra contingencia. Que hasta el Hijo ignore el día y la hora
indica que el futuro que Dios reserva “a los elegidos” (esto
es, a toda la humanidad creada con el mismo amor) no es imaginable ni
descriptible.
El futuro queda así desvirtuado, desacralizado, vacío
de ese poder sobrehumano que fácilmente nos aterra. Podemos tener
la confianza de que entraremos en él como un lugar dispuesto por
Dios. Si creemos que Dios es Señor del mundo, hemos de creer que
Él es también Señor de nuestro futuro. “Eliminará
la muerte para siempre”, dice ya Isaías 25,8. “La muerte
ha sido engullida por la victoria”, comenta san Pablo (1 Corintios
15,54).
Un texto de la liturgia siria, atribuido a San Efrén, lo expresa
de forma aún más descarada: “Muerte, no te chulees,
porque la victoria no es tuya. La voz viva de Dios destruirá tu
poder. Los muertos te pisotean, se burlan de ti y te desprecian”.
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