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Segundo Domingo de Adviento |
10 de diciembre. Segundo Domingo de AdvientoFormato PDF. Listo para imprimir PRIMERA LECTURA.Lectura del libro de Baruc 5, 1 9 Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da, envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo. Dios te dará un nombre para siempre: «Paz en la justicia»
y «Gloria en la piedad». Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados y a las colinas encumbradas, ha mandado llenarse a los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios. Ha mandado al boscaje y a los árboles aromáticos hacer
sombra a Israel. SALMO RESPONSORIAL. Salmo 125Antífona: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía
soñar: Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande
con ellos.» Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb.
Al ir, iba llorando, llevando la semilla; SEGUNDA LECTURA.Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 1, 4 6. 8 11 Hermanos: EVANGELIO.Lectura del santo Evangelio según San Lucas 3, 1 6 En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio
Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano
Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene,
bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra
de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Comentario a la Palabra“EN EL AÑO QUINCE DEL REINADO DEL EMPERADOR TIBERIO”Después de los dos capítulos dedicados al nacimiento e infancia de Jesús, el evangelio de san Lucas, que hoy leemos, relaciona la aparición del Bautista como predicador de conversión con algunos personajes mayores de la historia contemporánea. Estos sincronismos eran utilizados por los historiadores griegos al iniciar su relato. El evangelio adopta ese comienzo para asegurar que lo que viene a continuación se refiere a hechos tan reales como los de la historia común. En relaciòn con los personajes de alcance universal (el emperador Tiberio) o del Oriente Próximo y del sacerdocio judío, nos situamos hacia los años 26-28 de la era cristiana. Tan minuciosa precisión quedó en el aire cuando en el año 525 Dionisio el Exiguo, un monje escita afincado en Roma, fijó la cronología que hasta hoy vige en el mundo cristiano, fechando la muerte de Herodes el año 754 de la fundación de Roma. El historiador judío Flavio Josefo dice que murió el año 750, por lo cual nuestro cómputo anual iría retrasado por lo menos en cuatro años. El sincronismo del evangelio de hoy tiene gran importancia para fijar la historicidad de la persona y la obra de Jesús. Pero el mismo evangelista san Lucas nos diría que para él es igualmente importante otro sentido de la historicidad y es el “hoy” en que se actualiza la salvación. De hecho este evangelista utiliza el “hoy” en un sentido particular. El nacimiento del Salvador, el Mesías, el Señor, “tuvo lugar hoy en la ciudad de David” (2,11). Al trazar su programa en la sinagoga de Nazaret, después de leer el texto de Isaías 61,1-2, dijo Jesús: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de escuchar” (4,21). Después de la curación del paralítico de Cafarnaúm, todos los presentes “quedaron atónitos y alababan a Dios, diciendo sobrecogidos: «Hoy hemos visto cosas increíbles»” (5,26). Al escuchar las amenazas de Herodes, que buscaba matarle, Jesús reafirma su propósito: “Hoy y mañana seguiré curando y echando demonios; al tercer día acabo. Pero hoy, mañana y pasado tengo que seguir mi viaje, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (13,32-33). Al ver Jesús a Zaqueo en lo alto del árbol, le dijo: “Hoy tengo que alojarme en tu casa” (19,5). Y después del cambio prometido por su huésped, dijo Jesús: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa” (19,9). Ante la promesa de fidelidad de Pedro, Jesús le anticipa su cobardía: “Hoy, antes del canto del gallo, me negarás tres veces” (22,34). Y al buen ladrón, le asegura Jesús: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (23,43). Son muchas citas, pero es la mejor demostración de que el evangelio de Lucas pretende aproximar los hechos de la salvación al hoy de nuestra vida. Esto significa que la salvación que Cristo nos ofrece tuvo su tiempo y tiene también hoy su tiempo. Cada día y cada momento del día puede ser el punto dichoso de nuestro encuentro con la gracia de Cristo. La próxima Navidad no tiene por qué ser una más en nuestra vida, sino que puede revestir un significado particular, incluso único, si somos capaces de esperar esa novedad. San Lucas no entendería que la lectura del evangelio nos sitúe ante todo “en aquel tiempo”, pues el relato se actualiza en nuestro tiempo, no in illo tempore, según la expresión latina que nos remite a los tiempos de Maricastaña. La primera lectura ofrece pistas para actualizar la esperanza, una actitud concorde con este tiempo de espera que es el Adviento. Está tomada de un libro que se ha conservado en la versión griega del Antiguo Testamento. Es un ejemplo de actualización de las profecías del retorno del destierro de Babilonia, quizá en los umbrales de la era cristiana. Ernst Bloch (1885-1997), filósofo alemán, de ascendencia judía, autor de “El principio Esperanza”, ha descrito los pasos o “huellas”, Spuren, de la esperanza en la vida cotidiana El texto de Baruc nos indica algunas de estas huellas que manifiestan pero también afianzan la esperanza que llevamos en el corazón. Si la esperanza de volver del destierro es firme, hay que ponerse en pie y otear el horizonte sin miedo a los obstáculos, ya que por montes y barrancos se podrá caminar con seguridad, “guiados por la gloria de Dios”. Preparándose para la partida, el cambio de corazón adquiere sentido concreto y se refuerza de manera más plena, al comprometer con la esperanza la totalidad de la persona. Es algo similar a la ilusión de un viajero que ya hace las maletas y estudia los itinerarios. Cultivando lo que de momento parece utopía, empiezan a hacerse realidad los sueños más imposibles. Ahí radica el vigor espiritual de quien se atreve a confiar alocadamente en el Señor. Nadie nos obliga a celebrar la Navidad. Es una oportunidad que se nos ofrece. A nosotros y al mundo entero. “Todos (literalmente, «toda carne», añadido propio de este evangelio) verán la salvación de Dios”. Es un regalo de fiesta ofrecido a cuantos se acercan a nuestra Navidad: solidaridad, amistad, rostros alegres, saludo a flor de piel. De nosotros depende acoger esta oportunidad o bien pasar de largo o incluso sepultarla en medio de nuestros problemas, del afán de crearnos nuestra salvación y nuestras fiestas de Año Viejo y Año Nuevo a nuestro aire, al margen de la salvación que nos ofrece Jesús. En la próxima Navidad estamos invitados a celebrar el Nacimiento, la vida nueva que empieza con el Nacimiento de Jesús. Y que continúa en el “hoy” diario de cada uno de nosotros que vivimos por pura gracia. Un texto de almas bien intencionadas, de ésas que mandan sus mensajes por internet, explica la generosidad de este don: “Un día nos presentarán la cuenta por la luz del
sol y por el susurrar de las hojas de los árboles, por la nieve
y el viento, por el vuelo de los pájaros y por la hierba. Por el
aire que hemos respirado y por el espectáculo de una noche estrellada,
por la luz del atardecer y el embrujo de la noche. Un día llegará
el momento de concluir la fiesta y pagar la factura: «La cuenta,
por favor». Olvidábamos al Amigo que nos había invitado.
«Ya he pagado yo – nos dirá riendo – y lo seguiré
haciendo con mucho gusto»”.
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