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11 de febrero. Sexto Domingo del T.O.
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PRIMERA LECTURA
Del profeta Jeremías 17,5-8
Esto dice el Señor: «¡Maldito el hombre que confía
en el hombre, que en el mortal se apoya y su corazón se aparta
del Señor! Es como tamarisco en la estepa, que no siente cuándo
llega la dicha, porque arraiga en los lugares abrasados del desierto,
en tierra salobre y despoblada. Bendito el hombre que confía en
el Señor, y en el Señor pone su esperanza. Es como un árbol
plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces;
nada teme cuando llega el calor; su follaje se mantiene verde; en año
de sequía no se preocupa, ni deja de producir sus frutos.
SEGUNDA LECTURA
De la Primera Carta de San Pablo a los Corintios 15,12.16-20
Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos,
¿cómo algunos de vosotros dicen que no hay resurrección
de los muertos? Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha
resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe: todavía
estáis en vuestros pecados; y, por tanto, los cristianos que han
muerto están perdidos. Si lo que esperamos de Cristo es sólo
para esta vida, somos los hombres más desgraciados. Pero Cristo
ha resucitado de entre los muertos como primicias de los que mueren.
EVANGELIO
Según San Lucas 6,17.20-26
Jesús bajó con sus discípulos y se detuvo en una
explanada en la que había un gran número de discípulos
y mucha gente del pueblo de toda Judea, de Jerusalén y del litoral
de Tiro y Sidón, Entonces, levantando los ojos hacia ellos, comenzó
a decir:
«Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Dihosos los que ahora tenéis hambre, pues seréis hartos.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos seréis si os odian los hombres, si os expulsan, os insultan
y proscriben vuestro nombre como infame por causa del hijo del hombre.
Alegraos aquel día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa
será grande en el cielo. Así trataban también sus
padres a los profetas».
«Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis
vuestra consolación!
¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis
hambre!
¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis
y lloraréis! ¡Ay de vosotros cuando os alaben todos los hombres!
Así alababan sus padres a los falsos profetas».
Comentario a la Palabra:
“DICHOSO QUIEN PONE SU CONFIANZA EN EL SEÑOR”
El estribillo que hoy se repite en el canto o recitación del
Salmo nos da la clave para la comprensión del Evangelio. La imagen
del “árbol plantado al borde de la acequia” responde
a la del “árbol plantado junto al agua”, que la primera
lectura contrapone al “cardo en la estepa”.
El Salmo y el pasaje del libro de Jeremías tienen un claro tono
sapiencial. De hecho el género literario de las bienaventuranzas,
el “macarismo”, es utilizado por los autores sapienciales
para felicitar a quien, según los Sabios, acierta en la orientación
de su vida.
De esta forma se introduce una reflexión sobre la verdadera felicidad,
que solamente el sabio conoce; en las celebraciones del culto sirve para
prometer o asegurar una dicha más profunda y auténtica en
virtud de la iluminación propia de la verdad religiosa. El término
griego makarios responde al hebreo ashrê, plural constructo de un
singular inusitado, esher, que significa “dicha”, “salvación”.
La fórmula significa algo así como “enhorabuena a
quien...” Se felicita a una persona por motivos diversos: por los
hijos, por su hermosura, por un honor alcanzado, por su sabiduría.
Destacan, sin embargo, las motivaciones religiosas, pues más de
la mitad de los macarismos del Antiguo Testamento se encuentran en los
Salmos. El macarismo cultual es como una fórmula de bendición.
Entre los documentos de Qumrán, en la colección de Himnos,
hay series de Bienaventuranzas muy próximas al texto de los Salmos.
Es una demostración de la difusión de este género
literario en los comienzos del cristianismo.
Tanto en Mateo como en Lucas las Bienaventuranzas vienen a ser el prólogo
de una larga instrucción dirigida a los discípulos en sentido
amplio, es decir, a todo seguidor de Jesús. San Mateo sitúa
la escena en un monte. En cambio, san Lucas sitúa la escena en
un lugar “llano”, al cual llega Jesús cuando baja
del monte (Lucas 6,17). Por eso el texto de san Lucas se designa comúnmente,
desde el siglo XVI, "Sermón del Llano".
Además del diverso escenario, hay una diferencia más llamativa
entre las Bienaventuranzas de Mateo y las de Lucas. Mateo reproduce ocho
o nueve y Lucas sólo cuatro, a las que añade cuatro “malaventuranzas”,
que sirven de contraste o contraluz. En principio el evangelio de san
Lucas ofrecería una redacción más fiel o más
“auténtica” de las Bienaventuranzas tal como pudieron
haber sido pronunciadas por Jesús. Pero tanto la serie de Bienaventuranzas
como el lugar que le concede el evangelio de Lucas son el resultado de
una elaboración literaria y, en concreto, de un trabajo redaccional.
Esto último vale con mayor razón aún para la serie
de malaventuranzas, que reflejan el tono profético que san Lucas
ha dado a su evangelio. Jesús camina hacia Jerusalén, porque
“un profeta tiene que morir en Jerusalén”, la ciudad
que “mata a los profetas” (Lucas 13,3334).
De la predicación profética toma el evangelio el tono
amenazador de las malaventuranzas. No solamente del texto de Jeremías
que leemos hoy, sino todavía más claramente de la denuncia
de Isaías 5,8-24: “Ay de quienes acaparan casas y tierras
como si fueran los únicos que habitan el país ... Ay de
quienes de la mañana a la noche no viven más que para la
francachela ... Ay de quienes se burlan de la tolerancia y paciencia del
Señor ... Ay de quienes llaman bien al mal y mal al bien, cambiando
las tinieblas en luz y la luz en tinieblas ... Ay de quienes presumen
de su saber”.
Desde el Magnificat el evangelio de Lucas presenta el Reinado de Dios
como el revés de los valores del mundo. “Descabalgará
a los poderosos de sus tronos y ensalzará a los humildes. A los
hambrientos colmará de bienes y a los ricos los despedirá
con las manos vacías”. En la misma línea el evangelio
de hoy: los que ahora lloráis, reiréis; los que ahora tenéis
hambre, quedaréis saciados.
Esta “vuelta a la tortilla” se ha entendido como una invitación
a leer el evangelio de san Lucas como manual del cristianismo proletario.
Ha sido una imagen divulgada con éxito, pero con escaso fundamento.
Lucas ha sido definido “el evangelista de los pobres”. Pero
en realidad este evangelio se escribió para ricos a fin de urgirles
a practicar lo que en la sociología del cristianismo primitivo
se ha denominado “patriarcalismo de amor”. En vez de la renuncia
total a todos los bienes, Lucas propone un cristianismo dispuesto a compartir.
Es bien significativo el caso de Zaqueo, tipo del rico llamado por Jesús.
Su conversión no supuso la renuncia total a su profesión
y a sus ganancias, sino el propósito de entregar la mitad de su
fortuna a los pobres y devolver el cuádruplo a quienes había
defraudado (Lucas 19,8). Que Zaqueo no tenía por qué renunciar
a su lucrativa profesión ya lo había anunciado el Bautista
cuando descendía a dar normas de ética concreta a los pudientes
(“compartid vestido y comida”) y, más en particular,
a los publicanos (“atenerse a lo marcado por ley”) y a los
militares (“no abusar de la fuerza y contentarse con la paga”,
Lucas 3,10-14).
El predicador se encuentra hoy ante un dilema: no se puede escamotear
la denuncia de la riqueza, pero tampoco puede un cristiano apuntarse
sin más a las posturas radicales de los antisistema y antiglobalización.
Lucas propone con realismo un camino en el que no se exige a todos una
pobreza total, pues de otra forma el cristianismo hubiera quedado reducido
a una secta incapaz de extenderse en el mundo. Pero al mismo tiempo, el
Reino de Dios no admite una moral condescendiente con el escandalosa riqueza
de los más favorecidos, a quienes apoyan los poderes terrenos.
Cada uno ha de mirar dónde ha echado raíces. Quien confía
alocadamente en la acumulación de riqueza se verá reflejado
en la imagen del cardo, que ha ido a “habitar” en tierra salobre
e inhóspita, un despiste garrafal pues no es lugar ni para vivir
ni para prosperar. En el secarral, no alcanzará a ver ni siquiera
“el bien” posible. En cambio, quien pone su confianza en el
Señor, ni siquiera en tiempo de sequía “temerá
el calor”, “no se inquieta” y seguirá dando fruto.
El realismo de estas imágenes y las referencias concretas del
evangelio de hoy han de “hacer pupa” a quienes amasan riquezas
sin pensar en los demás. A la mayoría de los fieles que
hoy vendrán a nuestras iglesias el evangelio les reforzará
su confianza en el Señor, sin desalentarse por el hecho de que
también hoy lo cristiano sea diana del odio, la exclusión,
el insulto y la marginación de parte de quienes pretenden cambiar
la mentira por verdad, lo negro por blanco.
Y esta confianza la hemos de llevar no sólo en lo íntimo
del corazón, sino manifestarla en expresiones alegres, exultantes,
danzantes. Mientras mantengamos la confianza firme en el Señor,
podemos felicitarnos, ya que nuestras raíces se nutren de ríos
de agua viva y tienen vida para largo. Mientras sigamos “plantados”
ahí, nadie nos hará daño, nadie nos moverá.
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